Saint-Malo (Segunda parte)

Me había quedado en Chateaubriand. Me le imagino  apoyado en las murallas que miran al Mar, pensativo, dejándose inspirar por el viento y el olor a salitre, mirando al infinito del Mar, sintiendo su vaivén, intentando que las hojas no salgan volando por el viento mientras escribe.

Perderse por las callejuelas de Saint Malo te depara agradables sorpresas, como la casa madera de los poetas y escritores. Única superviviente hasta la actualidad al incendió que asoló la ciudad en 1661. Perdura a lo largo del tiempo como las palabras, como la escritura de sus moradores. No podía ser de otra manera. Al seguir doblando esquinas nos encontramos con una librería que mantiene intacta la personalidad que seguro tuvo desde el primer día en que abrió sus puertas.

Libraire Septentrion

El descubrimiento de la librería hace que se acreciente la sesación de aire literario de la ciudad. A su lado, la Boite a Sardine, una pequeña delicia de la decoración. El fuerte viento invita a seguir paseando por intramuros. Pasamos de largo de muchos de los repetidos escaparates de las calles principales de Saint Malo. Tras la segunda destrucción, esta vez en 1944 en plena Segunda Guerra Mundial, el pueblo consiguió reconstruir la ciudad piedra a piedra. Pero esta vez mirando al futuro. Tanto que Saint Malo ha debido de perder mucho de su espíritu aventurero, de su aire solemne, de su personalidad. Se ha convertido como otras tantas en una ciudad para el turismo.


Calle de Saint-Malo

Tiendas de ropa inundadas con moda marinera. Moda para los turistas. Nadie en Saint-Malo viste como un lobo de Mar de película coloreada. Tiendas de recuerdos, parches de pirata, banderas con tibias y calavera, reproducciones ridículas de barcos, productos típicos. Restaurantes apelotonados inundan la Rue Jaques Cartier y Rue de Chartres. Entre tanta nadería, podemos admirar las reproducciones de barcos de época en algún escaparate de algún que otro artesano local, las pinturas en varias de sus galerías.

Doblamos la esquina en la Rue Saint Barbe. Aparece ante nuestros ojos el Café du Coin. Una verdadera joya de local. Somos recibidos con un sonriente y sonoro Boun Jour entre tanta magia en las paredes. Nos sentamos a disfrutar de un café bien caliente, entre tanto teatro, con el fondo de música de Charles AznavourEdith Piaf. Una fiesta para los sentidos.


Café du Coin

Donde dirijas la mirada siempre descubres algo nuevo. Un auténtico museo de marionetas, figuras, ilustraciones. Un lugar no para ver, sino para disfrutar, para sentir. Al fondo, una pareja de estudiantes haciendo pira, una quietud absoluta.


Café du Coin

Seguimos callejeando. Los chavales comienzan a salir del instituto. Alrededor del mismo se sientan llevandose a la boca algo para comer, fuman, se rien, devuelven la vida a la ciudad en una mañana tan fria. Nos asomamos al Mar, reimos, hablamos de nuestras cosas sin la obligación de bucear entre las novedades de un sitio desconocido y bello. Simplemente paseamos y disfrutamos del momento, del lugar.


Vista desde las murallas

Nos encontramos con Robert Surcouf. En realidad nos hemos encontrado varias veces con referencias a este corsario. Nombres de calles, recuerdos, comics de piratas. No puedo más que sentir una satisfacción y profundo placer al darme cuenta de que una ciudad rinde homenaje a un verdadero corsario de Mar, a un pirata a ojos de los ingleses, un pirata con patente de corso. Me acuerdo instantaneamente de El hidalgo de los mares de Raoul Walsh, quiero ser Gregory Peck. O quizás mejor Burt Lancaster en el Temible Burlón. Robert Surcouf abanderando la ciudad. Chapeau.


Estatua de Robert Surcouf

El homenaje a Sorcouf no es casual, en una tierra de corsarios, exploradores, escritores, navegantes, cada rincón rinde tributo a sus ilustres habitantes. Entramos en la Catedral de Saint Vicent. Todos ellos están allí. Los restos entre otros hombres de Mar como los del explorador Jacques Cartier o el corsario René Duguay-Trouin descansan en su interior en el silencio frío de la catedral. Al abrir la puerta y salir, los gritos de las gaviotas y el olor a Mar inundan el recuerdo de todos ellos.


Tumba de René Duguay-Trouin

Sonrio mientras vamos al hotel en la Place Chateaubriand a descansar. Un lugar para recordar.

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~ por Jon en 31 marzo 2008.

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