De pintxos por Donosti

El otro día estuvimos en Donosti. La última vez que pasé por allí fué ya hace unos cuantos meses, el año pasado, en un día muy especial por quizás una chiquillada que no había sentido desde que era un chaval, que no digo que haya dejado de serlo, y que hará que dificilmente me olvide de ese día.

La mejor compañía por una de las más bellas ciudades fué el verdadero regalo del día de reyes. Ambiente festivo, roto de cuajo en las calles del Boulevard, por algunos que no saben o no quieren disfrutar de la vida. Padres con niños corriendo, la cabalgata no era tal, era cabalgada.

Ir de pintxos por Donosti es un clásico. No voy a Donosti si no acabo comiendo unos pintxos. Me niego en redondo. Si hay que ir se va, pero… Además, en este aspecto me considero muy clásico y orgullosos de serlo. Me gustán los pintxos de montaña, es decir, una montaña de cualquier producto sabroso coronado por un langostino con la gabardina en el perchero. Tengo entrenado el ojo derecho para detectar estos pintxos a primera vista mientras que con el izquierdo leo a velocidad endiablada y para mis adentros la pizarra de vinos. Los pintxos en los que la rebanada de pan es más gruesa que lo que contienen encima los elimino de mi memoria rápidamente, a no ser que contengan salmón y queso de cabra, con los que hago la excepción.

Nota: importante huir de los pintxos cuya rebanada de pan es más delgada que el dedo que usamos para saludar al jefe.

Hemos descubierto que a Baster le encanta ir de pintxos con nosotros. El tío parece que se pavonea a nuestro lado, mueve las patas y el culo como si estuviese en la pasarela Cibeles. Parece que va diciendo:

– “Eh, aquí estoy yo, y voy con estos dos.” Imposible no cogerle un cariño especial.

Acabar asomados al balcón al mar en el Paseo Nuevo en invierno, con mar de fondo rugiendo y de noche y con todas las papeletas a que te pase una ola por encima tiene que ser lo más parecido a asomarte al infierno para alguien que no esté acostumbrado al mar. Incomprensiblemente, la violencia de las olas contra las rocas me produce un estado de paz y de serenidad dificil de alcanzar de otra forma. Me arrebata las fuerzas y me hipnotiza.

Deshacemos el Paseo Nuevo vigilando de reojo que una ola no nos engulla y decimos adíos a un Kursaal envuelto en una gigante cinta roja de regalo.  Camino al botxo pienso en las palabras de Lili:

– “¿Y aquí?, ¿No te gustaría que vivíesemos en Donosti?.

Sonrio mientras ella y Baster duermen a mi lado. Un bilbaino como yo en Donosti… se acaba el mundo… pero por un piso de nada en el Paseo de Miraconcha vendo mi alma al diablo.

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~ por Jon en 9 enero 2008.

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