El sábado pude por fin pasar de nuevo por Campo Marzio. Desde hace ya unos meses que entré en la tienda por primera vez, lo he intentado en varias ocasiones, pero las úlimas semanas no me han dejado ni un minuto de respiro para entrar con cierta tranquilidad a deleitarme en sus estanterías.
Me sorprendió muy gratamente que me reconocieran al entrar. Teniendo en cuenta que solo he entrado una vez y hace varios meses, dice mucho del trato que le dispensan a uno en tiendas que pretenden ser no un negocio como tal a todo trapo, sino un refugio para alguien que disfruta con la venta de determinados productos exclusivos y que trata a los que a su vez disfrutan con su compra, o simplemente con su observación con el mismo mimo.
Entré a comprar un regalo. Un bolígrafo. Al final acabé comprando el primero que me esnseñó, eso si, después de pensarmelo un poco entre otros tantos que acabé teniendo entre mis manos.
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Me acabé llevando este concretamente. Después de que ella hiciese de modelo de bolígrafos cogiendo cada uno de ello entre sus dedos, en cuanto lo cogió, me decidí al instante. Dentro de la originalidad, diseño o color que pueda tener un bolígrafo, lo importante no es el mismo, sino la persona a la que va destinado, aquella que finalmente lo deslizará entre infinidad de hojas de papel, y este concretamente, parece hecho para esa persona.
He visto joyerías en las que te envuelven el regalo con delicadeza, con gusto, como se merece una joya. De un regalo, el regalo en si es el objeto de deseo, hasta que te envuelven el bolígrafo en Campo Marzio. Entonces tienes en tus manos dos objetos de deseo, el bolígrafo, y su envoltorio. Nadie imaginaría que hay un bolígrafo dentro, pero si un diamante (con el consiguiente fiasco que se podría llevar alguna, claro).
Mientras me cobraba reparé en la pluma que ya en su día me fijé, y que en aquel momento no disponían para vender más que en modelo roller. La cogí y tardé milisegundos en decidirme a llevarla conmigo. Le dije que ya me había alegrado el día con la compra y se rió diciéndome con qué poco me conformaba. No lo sabe bien…
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Más aún me alegré cuando me regaló además de los cartuchos negros, unos recambios de cartuchos de color sepia. Luego un repaso a los cuadernos, álbumes de piel… recuerdos sobre el Museo de Reproducciones. Salí de la tienda con la cara iluminada, el regalo, mi nueva pluma, la conversación…
Realmente lo pienso y es cierto. Con qué poco me conformo…
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