Haciendo esta semana limpieza de trastos inservibles, de ropa sin usar, de cajones llenos de infinitos cachibaches, notas, hojas sueltas, y un montón de cosas inconexas apretujadas en unos centímetros cuadrados, apareció el cuaderno de notas del viaje a Egipto. Acordándome ayer de “Los 7 pilares de la sabiduría” y de Lawrance de Arabia, le eché un vistazo al cuaderno de entonces, y me trajo recuerdos imborrables.

He escaneado alguna de sus hojas, para enseñar a lo que me dedicaba en aquel viaje, aparte de patearme la arena del desierto cámara en mano, hidratarme a base de te con menta o leer al atardecer en la cubierta del Barco Escuela entre otras tantas cosas.
Desde luego que hay actividades más que interesantes más allá de los chiringuitos de reproducciones de Isis, el ojo de Horus and company, y falsificaciones de papiros. Tengo ganas de dedicar unos cuantos post a este viaje. He deseado ese viaje con todas mis fuerzas durante tantos años y al fin resultó superar las expectativas de manera alarmante, de tal forma, que muchas veces sueño con volver. Lo echo de menos, el viaje, y a gente tan especial que conocí durante esos días maravillosos.

Me hubiera gustado eso si disponer de todo el tiempo que hubiera querido para dedicarme a los dibujos, a las anotaciones, lo que en ocasiones me obligaba a dibujar de memoria, a estrujarme los sesos acordándome de datos indescifrables, a dar el coñazo con mis preguntas a la profesora.
Sin más ahí van unas cuantas hojas de mi cuaderno de viaje.




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