Todos los días me encuentro con la palabra LIBERTAD. Televisión, prensa, radio, literatura, cine, música…hablan de libertad, la mayor parte de las veces se refieren a ella por acciones de privación de la misma. En realidad cuando se habla de libertad se limita su significado, o más bien su alcance.
Vivimos en una sociedad cimentada sobre la propiedad privada y el poder. Adquirir, poseer, acumular. Aumentar el número de propiedades, de objetos. Alardeamos incluso del número de nuestras propiedades, y somos tan tontos que admiramos y envidiamos a los que más tienen. Hacemos de nuestras propiedades el símbolo de nuestra posición en la sociedad.
En la medida de nuestras posibilidades, a lo largo de nuestra vida vamos haciéndonos con nuestro botín particular, y cada cierto tiempo incluso hacemos acopio del mismo. En este aspecto, y sobre todo en los últimos años hemos pasado de saborear nuestras propiedades en la intimidad a gozar con la adquisición de nuevas en cuanto menos tiempo mejor. Cada vez con mayor frecuencia hemos incluido el verbo desechar o cambiar, es decir, adquirimos, saboreamos el placer de las nuevas posesiones, y cada poco tiempo desechamos o cambiamos para adquirir nuevas propiedades. Y sentimos placer. A veces incluso utilizamos el concepto de propiedad para las personas, para los sentimientos. Mi mujer, mis hijos, mi marido, mis conquistas, mi familia, mis sentimientos. Hasta mis ideas son mías. Mi médico, mi abogado. Mi blog.
Vivimos en una verdadera obsesión por la propiedad. La publicidad nos ciega y la economía aparece como el eje del desarrollo ¿social?. Hasta somos dueños de nosotros mismos. Yo soy yo, y soy de esta, de esta y de esta otra forma. El individualismo en su sentido más negativo. Soy mi más preciada propiedad.
Somos esclavos de nuestras propiedades. No somos libres.
Nos preocupamos por tener y nos olvidamos de ser, de vivir, de romper las barreras sociales que nos atan y limitan nuestra existencia. El individualismo en su mejor expresión. Quizás los jóvenes somos menos posesivos. Gastamos más dinero en cosas inmateriales que otras generaciones precedentes. Gastamos dinero en viajar, en ir a conciertos, en hacer disfrutar más a los sentidos que a nuestro ego. Intentamos ser, más que tener. Pero aún así abrazamos nuestras posesiones, porque también nos gusta tenerlas.
No seremos verdaderamente libres hasta que no nos desprendamos no de nuestras posesiones materiales, sino de las ataduras que nos mantienen aferrados al sentimiento de pertenencia de las mismas. En lo más hondo de nosotros mismos, de la base de la humanidad se encuentra el SER por encima de todo, ya que tener, como proclamaba Erich Fromm, poseer objetos, solo es un instante transitorio en el proceso de vivir.
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