La Rochelle, primera parada de nuestro viaje. A mitad de camino entre Bilbao y Saint-Malo, necesitábamos respirar aire fresco, estirar las piernas, pasear, y oler un poco a Mar. Distantes aún de la Bretaña, dos horas de descanso entre el escaso número de gente que se atrevía a salir a la calle con ese aire frío, que desde luego, nos despejó del agarrotamiento del coche de buenas maneras. Muchos recuerdos al bordear Bordeaux, nuestro primer viaje hace exactamente un año.

Gente joven sentada en las terrazas de las Brasseries que dan al puerto, como si el frío no fuera con ellos. Una mirada rápida para descubrir que se trata de una pequeña ciduad dedicada al turismo en la actualidad. Un puerto salpicado de barcos de recreo, restaurantes y cafés bordeando la puerta de entrada a la ciudad, salpicada por tiendas de moda entre sus calles.
Tomamos un café y decidimos adentrarnos en el centro de la ciudad. Hace mucho aire frio para disfrutar del puerto que dejamos a nuestras espaldas, y paseamos entre los escaparates y plazas de La Rochelle.

Entramos en alguna tienda, más por disfrutar de algo de calor que por vicio consumista, vacías en su mayoría debido a la escasa actividad humana que hay a esas horas por la ciudad. Son poco más de las 18:30h y los franceses van dejando las calles. A esa hora nosotros nos hubiéramos comido un chocolate con churros para hacer base para la cena. Ciertamente somos un poco triperos. Sabemos que tendremos que hacernos con el horario frances.

Las calles se vacían. Al pasear sobre los adoquines oimos nuestros propios pasos. Pequeñas casas desconchadas albergando tiendas novísimas en sus bajos. Paredes descuidadas, cierto aroma a pasado, rincones que invitan a entrar. Un viejo sabor a gloria abraza las calles de la Rochelle. Una ciudad que aún conserva el espíritu de una urbe con clase. Una vieja dama.

Empieza a atardecer en La Rochelle, el viento desaparece completamente y decidimos bordear el puerto y pasear a la orilla de la Ciudad. En la orilla frente a la ciudad vieja han construido casi una nueva ciudad de apartamentos y servicios para el turismo respetando por lo menos el nucleo de la ciudad. El paseo relajante por el borde de esta orilla nos permite disfrutar de la preciosa vista de La Rochelle al atardecer.

Las viejas casas que flanquean la muralla de la ciudad, vigilantes de la entrada por Mar del turismo, pesca y comercio se preparan para dormir. Quedan muy pocos minutos para que se meta el sol. El frío empieza a ser más intenso con la falta de luz y solo algunos pocos se deciden a salir a correr por la orilla de la parte nueva. Nada se mueve, solo nosotros y el sol que se va ocultando tras la línea azul del Atlántico.
La ciudad se dispone a domir.

Aún nos queda una tirada hasta Saint-Malo, subimos al coche y enfilamos dirección Nantes, Rennes, hasta llegar a Saint-Malo bien entrada la noche.
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