Volver a Madrid siempre es agradable. Significa ver grandes amistades y navegar sobre todo con la mente por las calles atestadas de gente que durante unos 6 años pateé calle arriba calle abajo. Siento una sensación extraña cada vez que paso por Madrid. No me siento un extraño.
Aunque sea viaje de trabajo siempre hay que buscar un hueco para revisitar Madrid. He terminado la reunión a las cinco y he descansado en el hotel lo suficiente como para volver a mantener los ojos abiertos unas cuantas horas más. Llevo mucho sueño y cansancio acumulado, y el día de hoy, entre el madrugón para llegar a tiempo al aeropuerto y la reunión interminable, sin salir siquiera para comer fuera de las oficinas… Madrid, stress, situaciones cotidianas similares de hace ya más de 2 años me vienen a la cabeza.
La primera vez que vi la recepción del hotel Convención hace años y vi aquella urna gigante transparente llena de recuerdos de la época franquista se me salieron los ojos de las cuencas. Llaveros, reproducciones del DNI del caudillo, pegatinas del escudo preconstitucional… cuando me dijeron en la oficina que me alojaba en el Convención me eché a reír. Pero tras driblar con mi maleta al ordenanza con bombín de la puerta y entrar en el hotel, tras lanzar una mirada de 360 grados no he conseguido ver la urna de los recuerdos. Lástima. Me hubiera gustado volver a verla. Pero se han modernizado, ahora hay una tienda de souvenirs con toros de Osborne en miniatura, camisetas con “Oles”, figuras flamencas, abanicos o Meninas de miniatura. Todo esto bajo las inmensas lámparas victorianas. Colchas a juego con las cortinas estampadas con flores que dan miedo que dudo que me dejen dormir en paz. Al lado de la tele un mando de la Play Station sin consola. No entiendo nada. Impresionante.
Después de una cabezada y una ducha he decidido ir andando hasta Malasaña. Allí me esperaban Paula y Alberto. A paso rápido por O’Donell hasta la Puerta de Alcalá, rodeo a la Cibeles, giro a la derecha por Gran Vía, callejeo y paso por Chueca hasta Fuencarral. La vida en la calle Fuencarral me fascina. Tiendas y cafeterías chic alternando con cafeterías del Madrid castizo hasta llegar a Tribunal. A dos manzanas el Lady Pepa. Como me acuerdo de ese garito… Cuantos fines de semana a las 6 de la mañana desayunando espagueti al dente con Güisqui cola.
Lo bueno que tiene Madrid es que si quieres comerte una hamburguesa te puedes comer una ecológica con nueces, cebolla caramelizada y queso Philadelphia con una ensalada de rúcula con peras en un local a modo de vagón minimalista como las hamburgueserías de las películas americanas de adolescentes Mods. Locales de tatuajes aún abiertos, videoclubs de cine independiente, ultramarinos de más de 30 años. Inmigrantes, estudiantes, viajeros, ejecutivos. Un Jameson Cola en un bar con un piano desvencijado entre algún estudiante de Erasmus nocturno y risas y más risas recordando los años de paso por Madrid. En la mesa, y bajo las canciones de la Bola de Cristal una argentina, un madrileño y un bilbaíno. El auténtico barrio de Malasaña.