Llevaba desde el jueves con un dolor de cabeza tenue pero constante, de esos que cuando estás activo no los sientes, como si no estuvieran, pero cuando bajas los brazos lo notas, piensas en el, y crees que no es lo suficientemente intenso como para tomarte un ibuprofeno y que desaparezca casi al momento. Y sigues adelante.
Llevaba dos semanas a tope con los trabajos del postgrado, un sprint final hasta el pasado viernes 15. Un año metiendo horas y horas después del trabajo, los sábados y domingos por la mañana… llegando a pensar si realmente merecía la pena.
Luego el trabajo diario en la oficina, más y más trabajo, menos y menos motivación. Haciendo números toda la semana y encima dando vueltas a la cabeza con otras historias. Joder, solo pensarlo me vuelve el estress. El sábado, aun habiendo acabado el postgrado y siendo fin de semana aún me dolía la cabeza. Y el domingo, paseo por la playa, un vinito con unas aceitunas mirando al Mar… My God !… pero el pincho en la cabeza que se resistía a abandonar. Lunes. Qué historia. Otra vez lo mismo. Pienso que tengo que dar un giro importante. Parece que está cerca, pero el hecho de que no acabe de llegar me produce un poco de ansiedad.
Ayer lunes llegué a casa por la tarde después del trabajo. Esta vez no tenía que estudiar, ni pensar en el postgrado. Me sentí un jubilado de la mente. Me preparé un té con menta, hablé por teléfono un rato, empezó a sonar por los altavoces la voz rota de Leonard Cohen y me dispuse a elegir un nuevo libro después de haber devorado en demasiado poco tiempo al Rey de la Habana y La Tia Tula. Elegí un recién adquirido Tener o Ser de Erich Fromm. Leyendo el prólogo de la filósofa Ruth Nanda Anshen, me di cuenta de que seguía doliéndome la cabeza. Con resignación me levanté del sofá, saqué un sobre de ibuprofeno de la caja y mientras se disolvía en el agua pensé mientras me reía que con ese prólogo iba a necesitar ayuda para remitir el dolor de cabeza.
Sin saber por qué, tirado en el sofá y divagando con la lectura del libro me vino a la cabeza la imagen de un Javier Bardem con cara de orangután en No Country for old men que vimos el viernes. Que personaje más grande.