Un par de Vall Damms y casi hora y media en 5.1 y 42 pulgadas, a todo volumen, ver retorcerse en el escenario a Joe Strummer tiene serias consecuencias para el corazón y para el orgullo de uno, el primero se encoje y el segundo se rebela, te recuerda cosas que los días, los meses, los años nunca serán capaces de dejar atrás, por lo menos si miro hacia dentro, y me encuentro de repente suspirando por volver a calzarme las DrMartins granates del número 42 y esa camiseta con el frontal hasta las mangas con la bandera inglesa, desgastada, de talla raquítica que Paco me trajo de Londres allá por el año ni me acuerdo, muevo la cabeza hacia delante y atrás a ritmo the “This is Radio Clash” y pego un trago largo a la Vall Damm, sonido de garage y sabor metálico. En la memoria voy pisando los charcos de Barrenkalle Kalea, entrecerrando los ojos del cansancio y con la pesadez de alguna copa de más en la nuca. El cigarro calado hasta la boquilla (hago un inciso y salivo). Pasos firmes, cruzando la mirada con cualquiera que se cruza en mi camino, más chulo que un puto ocho, y me creo uno de los siete magníficos.
Y de repente a uno le vienen frases a la mente, y la la boca que es peor, y más estando solo porque nadie te escucha y resulta un poco lamentable; Nunca más volveré a ser joven, cuando fuimos los mejores… y levanto la frente y sonrío, y uno a uno me acuerdo de todos y me descojono. Pantalones pitillo, humo y más humo y una inocencia infinita escondida detrás de unos pseudomacarras adolescentes que se quieren comer el mundo. Y entonces pienso lo felíz que he sido toda la puta vida…










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